Por dentro,
el agua ha devorado su frontera.
El mar pende de las ventanas
que abrimos en mitad de la noche
y se traga las lunas
que oscurecen la garganta de los lobos.
Por dentro, la arena se pierde tras las huellas.
Un viento poblado de mariposas violentas
acuchilla los misterios encerrados en los escapularios.
Por dentro,
el fuego torna los arados en espadas.
Profesión de fe
Existo
porque aún conservo la idea
de ser un animal de soles y de sombras,
con el instinto apretado entre los dientes.
Soy la bestia que escondo:
Caín de mi sombra
o peor aún,
pescador de lunas desde el puente del mediodía.
Vivo
porque creo a pie juntillas,
que un día despertaré con la certeza
de que ha muerto el domador del circo.
Audiencia
Vengo a que resucités desde mis cruces;
a que redimás
los mundos gravitantes en los agujeros negros.
Vengo
a que rescatés los peces
que quedaron huérfanos cuando se multiplicaron los charcos.
Vengo por mi pan.
Porque sí se vive de pan de donde vengo
(y hasta se muere)
Ausencia
Hemos partido.
Nos hemos dejado abandonados,
silbándole al aire
la canción que aprendimos de los árboles
o leyendo versos cansados de navegar memorias.
Nos hemos quedado
demediando el terror de la calle;
garabateando pecados en la ternura del abismo.
Nos abruma
un criptograma de caricias
en el algoritmo de los pasos.
Atrás quedó
la ausencia conjugada en nuestros verbos:
palabras dactilares
que confundieron sus laberintos
en el sepia abandonado de las miradas.
Los espejos de Carlos
Salir a la plaza, ubicar tu banca,
colgarte versos al cuello
o vendarle los ojos a tu nombre para
perderlo en la multitud
y hacer que te extrañe;
así como vos, a veces, extrañás ser nadie,
sentado en tu banca de la plaza,
alimentando los pájaros
con lo poco que van dejando los relojes.
Síndrome de Estocolmo
He abierto mi ventana
y he sentido el nauseabundo olor de lo cotidiano.
He desgarrado mil voces,
tratando de decirle al vecino
que lleva una luz en el pecho.
He salido a la calle
y comprobado
que nos quebramos en los espejos
y nos tragamos la luz para esconder las escorias.
He sucumbido muchas veces
al indecente deseo de una adulación intravenosa
y a la orgía derivada
de la acupuntura de ojos en mi piel.
Pero a pesar de todo
he abierto mi ventana
y bendecido el aire que me fecunda los sueños.
(Los espejos de Carlos,
Tegucigalpa,
2006)
***
Pintado en la arena del campo
orillas de un mar dentro del bosque
Dibujaré pájaros.
Árboles que hablan con voz de árboles
y cuentan historias de hombres.
Dibujaré peces que llevan tatuado en sus escamas
el camino de regreso desde la Atlántida.
Con la arena que me ha sido dada
levantaré mi muelle,
mi malecón
y mi faro;
mi selva,
mi río.
Mi laberinto de minotauro con autorretrato en sepia.
¡Pero qué infinita esta arena,
qué inmenso este océano que me quema los ojos,
qué selva tan azul, tan nube, tan cielo!
Juro que mi intención era otra.
Y dibujo en esta orilla palabras que no entiendo.
Juro que mi intención era otra.
Mi intención tan sólo era dibujar sueños de niño
con mis dedos
y me he quedado ciego,
con la palabra horizonte
grabada a fuego al reverso de mis párpados.
“Vuelve a dormirte”
me grita desde la otra orilla
alguien que escribe con palabras de arena;
y yo vuelvo a escribir mi nombre en la misma arena
con palabras que no entiendo.
(Detrás de la sed,
Tegucigalpa,
2014)
***
De cómo mi madre me enseñó a ser libre
De mi madre aprendí
a disfrutar el vuelo de las garzas
y a descifrar sus sueños
en el viaje de regreso
hasta los árboles nocturnos.
Intentábamos contarlas al vuelo,
pero pronto olvidábamos los números,
extasiados
por la blancura de la brisa en el rostro.
De mi madre aprendí
que el verdadero amor
nada tiene que ver con el corazón,
sino con las manos;
por eso hoy creo más en el abrazo
que en los besos.
Mi madre me enseñó a descubrir constelaciones
en el agua dormida,
y a nombrarlas con palabras blancas
para que no cayeran en la tentación del abismo.
Compartíamos las noches de verano,
al filo de un tiempo detenido,
contemplando el cielo incendiado.
Y ella callaba
y yo devoraba sus silencios.
Hoy sé muchas cosas de ella.
Sé que siempre se hizo la desentendida
con mi eterno Complejo de Edipo,
y que poco le importó,
ni se escandalizó
cuando de niño decidí
jamás volver a jugar fútbol.
Hoy sé muchas cosas de ella,
como por ejemplo,
que llevarnos a ver el vuelo de las garzas
era su forma de sembrar libertad.
Modus vivendi
Escribo para que la muerte
Odysséas Elýtis
Los ángeles sueñan con no tener alas.
Con sentarse en una banca
de un parque cualquiera,
un domingo por la tarde,
a ver caer las hojas de los árboles.
Hay algunos que desean
subirse las enaguas
y desmentir las catedrales.
Pero los más osados,
esos se arrancan las alas
y van por las calles
escribiendo con ellas
las letras de sus silencios
o pintando en los muros
su terca necedad por conocer la muerte.
Pero a la muerte
poco le importan los ángeles que escriben
y no reconoce
la canción desolada de sus pies hambrientos
o el pálpito de estrella
escondido en su sangre.
Para la muerte
un ángel jamás será un poeta.
Para ella
no será más que un viejo en un parque
un domingo cualquiera,
viendo caer las hojas de los árboles.
Por eso la muerte cree tener la última palabra,
y el viejo poeta sonríe
recordando el lugar donde guarda sus alas.
(Toque de queda para la primavera
y otras estaciones,
***
I
Uno viene al mundo
sin haber pedido que le abran los ojos
a esta luz que ciega.
Antes de esto,
la oscuridad trazaba la ruta de la sangre
y acomodaba voces
que algunas veces sonaban
como el amor de la lluvia en los tejados,
o entraban al pecho
con la dulzura de una estrella dormida
entre las raíces del agua.
Uno viene al mundo
y se aferra a una luz que ciega.
Y abre los ojos
para sustituir la oscuridad
que se ha acomodado en el pecho,
por otra oscuridad
tan pesada como cielo de mayo.
Uno viene al mundo sin la patología del miedo,
tan simple y tan hermoso
como el amor de la lluvia en los tejados.
II
Con el tiempo se aprende
que la palabra oscuridad
puede ser la losa de una tumba,
un grillete atado a las alas de una cama,
o un agujero negro en el ojo de una cerradura.
III
Para Goya,
la oscuridad era belleza
más allá del horizonte de unos ojos cerrados.
Galileo nunca habría podido poseer la luna,
sin antes inundar de noche los espejos.
Y qué decir de la oscuridad andaluza
que cabalga desatando los nudos de Lorca.
En fin,
que la oscuridad
tiene su lado luminoso,
si no, que lo digan los gatos.
Poema de la esperanza
Alguna vez habité una gruta
sobre el espinazo del horizonte.
Alguna vez fui habitado por un planeta oscuro
sobre el dolor de un muelle olvidado.
Pero afuera estaba la lluvia
cubriendo la desnudez de los árboles.
El amor al final del día
Dicen que el más grande de los Alejandros
inauguró sus glorias sobre los muslos de Hefestión,
y que Aquiles fue dulce
sólo cuando pronunciaba el nombre de Patroclo.
Miguel Ángel pintaba hombres desnudos
en los techos de las iglesias
y convirtió en dulcísima carne de hombre
la primitiva piedra
donde habitaran los ángeles del primer deseo.
Federico tuvo su amor oscuro
y la Mistral enloqueció de amor por Doris.
Habrá quienes digan que procuro
justificar la recurrencia del vértigo en la estrella
pero yo solo intento explicar
que el amor es sólo amor;
o no es más nada al final del día.
Antecedentes judiciales
I
Un pedazo de cielo en el bolsillo,
un silencio ahogado
en la ventana de los ojos.
Y en las líneas de las manos
el polvo que levanta el viento
en las tardes de verano,
mientras busca
el callejón donde se oculta
la nostalgia por el mar.
Nadie parece necesitar motivos justos
para señalar
la estrella en la frente del prójimo,
esperando que se pierda
como un grito
en la desolada serranía
Nadie necesita motivos justos
para derramar sobre la sangre
una montaña de sal como aguacero.
II
Sin motivo aparente
han cerrado aquella ventana azul
que daba a la lluvia
y señalaba el camino hacia el mar.
Sin motivo aparente
han segado las florecitas amarillas
que adornaban el sueño de las libélulas
y señalaban el camino hacia el mar.
Sin motivo aparente
han encadenado
el río que guardaba la voz de los árboles
y señalaba el camino
hacia la infancia de una estrella
que ya nunca podrá conocer el mar.
III
Hasta entonces,
seguiré insistiendo
en la inocencia del mar.
Canción de cuna para una madre
I
Es el cielo, madre,
el que uno lleva a cuestas,
y lo instala en el sitio que mejor le parece,
para sembrar de flores amarillas
el camino hacia el mar.
Es el cielo que trajina en las huellas
que el viento no logra arrancar del polvo,
porque el polvo es el sueño ancestral de las estrellas.
Es el cielo, madre,
que se abalanza desde sus manos
hasta todos los árboles;
el que disminuye las mesas huérfanas
y hace cantar al fuego de las noches de verano.
Es el cielo que se enciende en la cocina
como rito pagano,
como antiguo amor
que se cubre de olorosas hierbas
para espantar los monstruos de los callejones.
Es su cielo, madre,
el que establece los límites de la casa
entre la montaña y el mar;
donde puertas y ventanas
nunca intentarán domar la rebeldía del viento
y donde jamás tendrá cabida
el silencio de los pájaros.
II
Duérmase, madre,
pero no deje de velar mi sueño,
porque las orquídeas
comienzan a marchitarse en el suyo.
III
Mañana que el sol aparezca, madre,
es posible que le digan
que me han visto desnudo ante la luz,
heredando la tristeza de las manos del mundo.
Le dirán que en mi garganta
se escucha el canto herido de los gallos.
Le dirán que me he estrellado en los espejos,
vestido con guijarros
que los perros ahora cubren
con la sangre de sus lenguas.
No entristezca, madre,
sólo escuche lo que dicen,
pero usted sabrá que, al fin,
me habré encontrado al otro lado del espejo.
Carta al padre
I
Hay cartas que un padre nunca debería leer.
Pero no es mi intención, padre,
que esta carta le subvierta los sueños
o que edifique un cielo de monzón sobre su cabeza.
Ante todo,
mi sangre es la suya buscando el infinito.
Debe entender, padre,
que tarde o temprano
los hijos provocamos nuestra propia tormenta.
Que procuramos nuestras propias oscuridades
para entender la luz
que nos desgarra el pecho.
No es cierto
que siempre procuramos la muerte del padre
para afianzar la identidad del hijo:
yo a usted lo he vivido siempre,
pero soy consciente de lo finito de su presencia
en el barro de mi tiempo.
No es cierto, padre,
que usted y yo debamos señalar
o perdonarnos mutuamente
por el polvo acumulado en nuestras huellas.
II
No soy la realidad derivada de sus sueños,
es cierto,
pero soy la realidad que tiene enfrente.
Soy esta carne y esta sangre
que gritan su lugar fuera del espejo.
Soy esta médula y estos huesos
que desgarraron la noche
y se muestran sin miedo.
Soy yo, padre,
el que era,
el que soy
y el que seré a partir de ahora.
III
Son las sombras aprendidas
las que harán eco en su mirada, padre.
Cuídese de nombrarlas,
aparte su pie de la cuerda que activa los cerrojos
y no sacuda el polvo de sus pies cansados.
Déjeme abrazarlo,
y déjeme,
ahora hombre convertido en ángel rebelado,
darle el beso que le fue negado al niño.
Dialéctica del deseo
Como a una cita con su propia muerte
acuden los cuerpos,
liberando sus despojos,
para pagar al barquero con el fuego de su sangre
y emprender sin raíces el viaje al abandono.
No necesitan
una ruta marcada en las manos
o una luz al borde del abismo.
La norma es desobediencia al deseo
y el deseo transgrede
el blanco paradigma de los cristales.
Amor, he dicho,
que el amor hecho a medida de un tiempo
para acudir a una cita con la propia muerte.
El amor recuerda una lluvia
Hubo un tiempo, recuerdo,
en que amaba los lunes y odiaba los viernes.
La razón siempre fue sencilla:
los viernes él se volvía grano de arena
en el desierto de su casa,
pero los lunes
hacía llover peces con su voz desde el teléfono.
Con el tiempo
él prefirió atesorar granitos de arena
en lugar de aprender el lúbrico canto de los peces.
Y yo volví a odiar los lunes.
Instrucciones para hacer el amor
con otro hombre
Para un hombre,
el amor es un pan remojado en el café de la mañana;
así que ninguno pretenda
entrar a la cama de otro hombre,
si no está seguro
de ofrecer su pecho como nido a la aurora.
Para entrar a la cama de otro hombre
hay que dejar la noche encerrada en los escapularios
y encender hogueras
golpeando los labios del silencio.
Para entrar al cuerpo de otro hombre,
como se entra a un sueño ya vivido,
es necesario abandonar la memoria
al vuelo de las luciérnagas.
Para recibir el cuerpo de otro hombre,
como quien recibe el primer día
después de la muerte,
bastará con dejarse nombrar
por la memoria del agua.
Por lo demás,
hacer el amor con otro hombre
no necesita instrucciones.
Este lázaro que soy
Conozco perfectamente
el sabor de las cicatrices
que deja en la mirada
el vuelo de una gaviota bajo la lluvia,
y sé de memoria
los rituales de las hormigas
para invocar la primavera.
A pesar de las vendas,
no he olvidado nada.
Siempre creí que la muerte
llegaría a buscarme
con las primeras lluvias de mayo,
pero insistió en llegar una tarde de octubre,
disfrazada del vuelo de los papalotes.
Desde entonces
los días son un grito enredado
en la garganta de los gallos
y las noches, otra forma de amar la luz.
Desde entonces el tiempo es denso,
como universo contenido,
y sólo sirve para explicar
por qué de a poco
mi cuerpo se va cubriendo de orquídeas.
Todas las mañanas
guardo mis despojos
y espero.
He oído muchas voces
intentando derribar la piedra.
Ninguna es la del hombre que resucitará conmigo.
Las mujeres de mi pueblo
Las mujeres de mi pueblo
nunca cuentan sus secretos
antes del tercer canto del gallo en la madrugada.
Suelen levantarse antes del alba,
y entonces,
entonan la liturgia del rocío
antes de abrir la puerta
a las últimas luciérnagas.
Cuando van al pozo,
con la tinaja floreciendo su cintura,
cantan canciones
para enamorar el día adormecido
en el cielo detrás del agua.
De tarde en tarde,
las mujeres de mi pueblo
hacen llover pájaros
para que los niños aprendan sus lenguas;
pero igual están facultadas
para detener tempestades
con sus cruces de ceniza.
Las mujeres de mi pueblo
saben domar demonios
y corromper uno que otro ángel,
cuando la circunstancia lo amerita.
Ellas dirán
que ya no creen
en las historias de los olvidados,
pero cuando aparecen en las fotografías,
sus manos buscan desesperadas una hoja
o se abrazan al incendio de una flor,
procurando con el desamparado gesto,
mantener su alma atada al barro.
Las mujeres de mi pueblo
no saben de imposturas;
ellas sólo saben de amor, así:
amando sólo porque les da la gana.
Ellas llevan arrullos de luna en la garganta
y ecos de sol en la mirada;
pero más allá de todo esto,
jamás se les escuchará presumir
de su capacidad para multiplicar panes y peces
sobre las mesas huérfanas,
o de resucitar la luz
que habita en la promesa de
una golondrina errante.
Ellas son así:
mujeres toda la vida.
(Salir del cuerpo,
Editorial Efímera,
Honduras,
2021)
***
Salir del clóset en estas Honduras
Cuando alguien habla u opina de lo que hemos dado en llamar «salir del clóset», no puedo evitar ligar la expresión con esos eventos o actividades que ahora realiza la «gente bien», como los cada vez más escasos baby shower, o los más de moda eventos de revelación de sexo; y no hablemos de esa cada vez más espantosamente popular costumbre que comienza a arraigarse en el país, como lo es hacer una fiesta de celebración y buscar padrino o madrina de cuanta cosa se les ocurra, para que los gastos corran por cuenta de los invitados.
Pues sí, así me parece eso de salir del clóset, y me da la sensación de que las personas lo toman como un gran evento de exposición social —que lo es—, al que debería acudir mucha gente, tal como se acudía, no hace mucho, a los eventos de presentación en sociedad de las niñas «en edad de merecer», volviéndose aquello un mercado de transacciones mercantiles basado en virginidades.
No puedo decir que yo mismo no haya usado el término, lo cual no implica que deje de parecerme lo que me parece, sólo porque soy yo quien pronuncia la frase. También, en honor a la verdad, debo decir que fui el sujeto activo de esa frase.
Por eso quiero hablar de lo que significa «salir del clóset» en un país como Honduras.
Lo primero que hay que saber es que Honduras es un país de inmensos contrastes, y no estoy usando el término como lo usaría un agente de viajes que intenta vender un paquete turístico. Digo que es un país de inmensos contrastes, porque las realidades medibles y observables, los hechos vividos por la población, pueden cambiar con tan solo estar a pocos kilómetros de distancia, aunque conserven el horror como señal de identidad.
Dicho lo anterior, también debo decir que aquellas categorías de condición y posición de clase de las que hablaba Bourdieu, aplicadas a un o una integrante de la diversidad sexual en Honduras, adquieren connotaciones que se volverán más monstruosas conforme se salga de los grandes centros poblacionales y se inserte uno en los ámbitos pueblerinos o rurales. Definitivamente la realidad de una persona homosexual que vive en la ciudad es totalmente distinta a la de otra que vive en la zona rural; o, para ir más allá, no es lo mismo ser un homosexual hijo de un matrimonio clasemediero, que ser un homosexual hijo de padres campesinos. Por decir algo al respecto.
Es cierto que, para salir de algún lugar, es condición inevitable estar dentro de ese lugar. Normalmente uno se encierra en ese clóset como producto de una decisión personal, pero llegar a tomar esa decisión personal implica que uno ha pasado por una larga lista de señalamientos, burlas, golpes, sentimientos de culpa, inestabilidad emocional, depresión, entre otros, ya sea sufridos en la propia piel o en la ajena.
Salir del encierro es también una decisión personal, pero también influenciada por el entorno social que vive quien ha estado encerrado. Uno sopesa si hablar de frente hará más mal que bien: si contar la verdad, si mostrarse al mundo tal cual se es, más bien puede volverse en contra.
Uno mide y calcula, por ejemplo, cuántos familiares, cuántos amigos, cuántos conocidos, cuánta gente que importa se irá de nuestras vidas cuando sepan que uno no es heteronormado; que uno no comparte sus visiones del mundo: en definitiva, que uno simplemente peca de forma diferente a ellos. Y a veces, lo único que nos queda es ser egoístas y poner la paz, la salud mental y la estabilidad emocional propia por encima de cualquier filiación.
En mi caso, por mucho tiempo intenté encajar. En el fondo, sentía rabia conmigo mismo por mentirme y mentir a los demás. Salí muy tarde del encierro —según algunos parámetros actuales de las nuevas generaciones—, pues lo hice a mis cuarenta años. La poesía y el amor de algunos amigos y amigas me ayudaron muchísimo a tomar la decisión y a atravesar una suerte de ordalía, cuyo resultado final fue una sensación de libertad como nunca antes la había sentido, y el tirar al abismo una pesada carga, que hoy sé, era innecesario que soportara. Luego de ello, mi familia fue fundamental para contener y anular la arremetida.
¿Es difícil salir del clóset en Honduras? ¡Por supuesto que sí! Las implicaciones, o más bien las consecuencias de hacerlo, son muchas y casi todas son negativas. Por supuesto que siempre estará la sensación de haber hecho lo mejor para uno mismo; pero las implicaciones negativas en los ámbitos familiares, sociales, políticos y religiosos son incontables.
Siempre estará el amigo de infancia que se irá de tu vida porque cree que tu afecto es sinónimo de enamoramiento; la hermana o la prima que no quiere que su hijo pase mucho tiempo con vos, porque lo podés volver gay; la gente del pueblo o del barrio, que te verán con recelo y sospecha cada vez que llegués con otra persona de tu mismo sexo; o los fanáticos religiosos que creen que lavarán sus propios pecados al estar continuamente señalando los tuyos y recitándote de memoria versos del Antiguo Testamento. Pero, a pesar de todo, nada se compara con la sensación de verte al espejo y sentirte fiel a vos mismo.
No voy a romantizar el asunto. En Honduras siguen matando personas sólo porque se acuestan con otras personas de su mismo sexo, o por vestirse como se viste el sexo contrario. Los crímenes de odio están a la orden del día, cometidos por gente que cree que sólo hay dos formas de ser en esta vida; o que, sí podés ser diferente… pero en secreto.
Entonces, ¿por qué alguien en sus cinco sentidos querría salir del clóset en un país tan violento para la diversidad sexual como Honduras? Primero, porque tenemos derecho a ser quien somos, sin tener que escondernos. Segundo, porque, hartos de la llevada y traída tolerancia con la diversidad sexual, es respeto lo que merecemos, y para exigirlo de los demás antes debemos dárnoslo nosotros mismos. Tercero, porque somos ciudadanos, y como tales tenemos derechos humanos, civiles y políticos. Y, por último, porque somos seres humanos que respiramos, sentimos, lloramos, sufrimos, reímos, nos enfermamos, viajamos, hacemos amigos, amamos, odiamos, ayudamos, nos preocupamos por los demás, creemos en Dios, somos ateos, gritamos, sangramos, soñamos, sentimos dolor, somos capaces de admirar la belleza… En fin, que somos como cualquier hijo de vecino.
Salir del clóset siempre será una decisión muy personal que hará que quien salga del encierro esté expuesto socialmente de por vida y, seguramente, su vida estará en peligro en muchas más ocasiones que la de un ser humano heterosexual promedio. Por eso necesitamos aprender a respetar las decisiones de los demás, los gustos y las preferencias de cada persona; sólo así podremos conseguir vivir en armonía, paz y seguridad.
Yo, mientras tanto, a pesar de todo, he salido. Puse seguro a la puerta y he tirado la llave.
¡Dentro del armario, nunca más!
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